viernes, 10 de agosto de 2007

Bush y Napoleón

Por Richard Bulliet
Para LA NACION (Buenos Aires)
Viernes 10 de agosto de 2007

NUEVA YORK
Quizás haya una sola cosa en común entre George W. Bush y Napoleón Bonaparte: ambos lanzaron ataques espectaculares contra países árabes. Al comienzo, obtuvieron victorias pasmosas y después se empantanaron en ocupaciones militares desesperanzadas.

Si Bush tiene la sensatez de hacer lo que hizo Napoleón, aún podría ser recordado como un líder de estatura histórica. Simplemente, debe cortar por lo sano y largarse.

En marzo de 1798, Napoleón invadió Egipto con una ambición grandiosa: conquistar las provincias árabes del Imperio Otomano, aliarse con Persia (actual Irán) y marchar sobre India. Lo que más temía Gran Bretaña era perder el acceso a ese pivote de su poderío imperial y proveedor del dinero con que financiaba su oposición a la Francia revolucionaria.

En la batalla de las Pirámides, la infantería napoleónica, con un poder de fuego devastador, destrozó al ejército egipcio de los mamelucos. Pero cuando entró en Siria, Napoleón se topó con una resistencia más firme y una epidemia de peste bubónica. Entretanto, la marina británica aniquiló su flota.

Arruinado su plan original, a Napoleón, como a Bush, todavía le quedaba un seudoargumento a favor de la guerra. Durante su travesía del Mediterráneo, había hecho imprimir a bordo un volante propagandístico en que proclamaba su intención de liberar a los egipcios de sus opresores, los mamelucos. "¡Oh, pueblo de Egipto! -decía el volante-. Si os dicen que sólo he venido aquí a profanar vuestra religión, eso es una mentira garrafal que no debéis creer. Decidles a quienes me acusan que sólo he venido a rescatar vuestros derechos de manos de los tiranos, que soy un mejor siervo de Alá (alabado y exaltado sea El) y reverencio más que ellos [los mamelucos] a Mahoma, su profeta, y al gran Corán."

Los egipcios y sirios encontraron tan absurdas las afirmaciones liberadoras de Napoleón y su pretendida estima por el islam como los iraquíes la visión de Bush. La guerra de guerrillas se intensificó. Una vez aislado de su flota, el ejército francés no tuvo esperanza alguna de imponer un dominio permanente en Egipto.

Napoleón fue el primero en comprender la insensatez de su estrategia. En agosto de 1799, al cabo de quince meses de campaña, regresó a Francia. Su ejército quedó allá. En 1801, sus tristes jirones volvieron a su tierra gracias a un acuerdo con los gobiernos británico y otomano.

¡Qué ironía! Aunque Napoleón no hubiese llegado nunca a ser emperador se elogiaría el papel que desempeñó en la historia de Medio Oriente. Todavía hoy, para la mayoría de los historiadores la historia moderna de la región comenzó en 1798.

Lo que excita su imaginación es el desenlace de la caótica lucha por el poder, librada entre varios bandos tras la evacuación francesa. El vencedor, Mohamed Alí, un general albanés enviado por el sultán otomano, estableció una dinastía que habría de durar hasta 1952. Alí puso en práctica muchas técnicas de gobierno napoleónicas: la conscripción, la creación de industrias modernas, la centralización de la economía egipcia, entre otras. Al ser copiadas por otros gobernantes, estas prácticas europeas transformaron las políticas en todo Medio Oriente.

La invasión de Bush ha conmocionado las premisas locales sobre el manejo de la política, la guerra y la identidad étnica y religiosa tan profundamente como la de Napoleón. Pero la insistencia de Bush en mantener el rumbo traba cualquier resolución. Mientras Estados Unidos continúe manipulando al gobierno títere de Irak, los países vecinos, como Irán y Arabia Saudita, retendrán su aplauso y maquinarán sus estrategias para cuando el titiritero se vaya.

Si acaso el pasado napoleónico encierra una lección para el futuro de Bush, es ésta: sean cuales fueren los planes norteamericanos, el futuro de la región quedará determinado por las luchas que allí se libren luego del retiro de Estados Unidos. Con todo, esto no excluye la posibilidad de realizar algunos de los sueños de Bush. En realidad, sorprendería que las reacciones frente a la inestabilidad subsiguiente a dicho retiro no incluyeran aperturas hacia la democracia, en algunos países, y, en otros, hacia la tolerancia étnica.

A medida que sobrevengan estos cambios, el pueblo olvidará el derribo de la estatua de Saddam, las humillaciones de los prisioneros en Abu Ghraib y las reiteradas exhortaciones de Bush. Los reyes, presidentes, jefes de milicias y cerebros del terrorismo que diseñarán el nuevo Medio Oriente ya han olvidado estos incidentes fugaces. Para ellos, la era posterior al retiro de Estados Unidos ya comenzó, aunque los norteamericanos todavía no hayan hecho apresto alguno.

¿Qué le dice, finalmente, Napoleón a Bush? "Ya hiciste historia. Ahora, apártate del camino y deja que ella siga su curso."

El autor es profesor de historia en la Universidad Columbia

Traducción Zoraida J. Valcárcel

OPINIONES
10.08.07
13:29
Realmente si lo que estuviera en juego no fueran miles de vidas humanas, sería para reírse la nota de este señor quien cree que Bush puede tener alguna estatura histórica. Lo que más da gracia y pena al mismo tiempo es la reiterada mentalidad america, primero: van y hacen desastres (matan gente, dejan las tierras inutilizadas, destruyen ciudades, saqueos a mansalva de museos y otros monumentos históricos) y cuando la cosa.....se les empieza a poner difícil...bueno hacen lo que este señor sugiere: Se retiran y que se arreglen como puedan...Que poca vergüneza tienen! Cómo no va a gobernar Bush... si señores como el comentarista enseñan a jóvenes americanos! Chicos vamos y en cuanto la cosa se nos pone pesadas...nos volvemos y allá ellos....

La pequeña diferencia: A Napoleon no le pusieron bombas en Francia.
10:58 Yo creo que Napoleón le diría a Bush: "Idiota."
Fuente: http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=933160&origen=premium

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